Les dejo el comienzo de mi libro “Desconocidos Íntimos” que en marzo debiese estar listo camino a una editorial. Comprenderán que no puedo ponerlo entero dado que hay mucho plagio. Se los dejo como una primera mirada de qué se tratara.
¿Es mejor una mañana de arrepentimiento que una noche de soledad?, me pregunté mientras despertaba. Eran millones de imágenes que jugueteaban en mi cabeza, y no tenía ni puta idea de dónde estaba. En un comienzo me fue difícil identificar en qué lugar exactamente me encontraba, mi fotofobia, si es que tal cosa existe, siempre me ha impedido abrir los ojos rápidamente. No obstante, después de unos segundos logré divisar ciertas formas y dimensiones de la habitación que me parecieron bastante familiares.
Recuerdo que me envolvía un saco de dormir, y que debajo de mí había un viejo colchón de espuma que soportaba mi peso muerto. Removí un poco mi trasero, en mi vida había estado sobre un colchón tan duro. A mi alrededor, mis zapatillas figuraban una en cada extremo de la habitación, mis jeans estaban arrugados y doblados sobre sí mismos en la alfombra, y mi celular creo que estaba en un baño, al menos desde ahí parecía venir el eco de su sonora melodía. Alguien me llamaba. Según el ruido del tráfico e intensidad de la luz que traspasaba la persiana americana, todo indicaba que me encontraba en un departamento cerca de alguna avenida principal.
Me levanté rápidamente, y por segundos, vi ciertas estrellitas, creo que mi cerebro no tenía suficiente oxígeno aún. Lentamente me fui haciendo consciente de que tenía una resaca inédita, un malestar que sentía más a nivel moral que físico. Mis sesos retumbaban, mis oídos albergaban un agudo silbido y la acidez en la boca de mi estómago me pateaba y trepaba hacia mi garganta. De a momentos mi cabeza tendía a desbordarse, como si se fuera a resetear en cualquier instante. Quizás la cantidad de información distorsionada que contenía era demasiada, 23 años procesando información en una mente inquieta -por no decir con déficit atencional- puede volver loco a cualquiera, y en efecto, eran cientos los flashbacks y pequeñas imágenes casi irreales que barnizaban mis nuevos recuerdos de anoche. No obstante, y muy extrañamente, en ninguna célula de mi cuerpo existía algún indicio de arrepentimiento. Quizás algo hice mal, pero no lo hice lo suficiente.
-“No es fácil ser yo”-, pensé mientras vaciaba sobre un vaso de agua una sal de fruta que encontré en mi bolsillo derecho, entretanto con mi mano izquierda me lanzaba a la boca un par de pastillas para el dolor de cabeza (siempre las ando trayendo conmigo para ocasiones como estas). Según mis amigos, esas frases prefabricadas que siempre uso y me repito a mí mismo -que se las robo a grandes pensadores o a personajes de series- es un mecanismo de defensa que he desarrollado con el tiempo, es una forma de evadir el hecho de que tengo un profundo problema. So what?
No obstante, puedo dar fe de que, al menos ayer, no fue fácil ser yo, ¿Quién tiene la mala suerte de encontrase en una misma fiesta con las dos expololas más psicópatas que ha tenido en su vida?, es decir, no hay nada más inhumano que toparse simultáneamente con dos mujeres ebrias que sólo tienen en común una cosa: tú y lo mierda de persona que fuiste con ellas. Estoy seguro que a muchos les ha pasado e imagino que también a grandes personajes, de hecho, creo que a Neruda también le pasó, y sí, está bien, quizás lo revirtió, al nivel de terminar escribiendo hermosos poemas que ensalzan a las mujeres, pero por lo mismo, no sería tan extraño. Muchos genios han desarrollado sus creaciones a partir de sus temores y limitaciones, es decir, Beethoven era sordo y compuso las canciones más bellas de la música clásica, entonces por qué Neruda no pudo haber estado lo suficientemente chato de las mujeres como para escribir poemas acerca de ellas. No obstante, tengamos altura de mira, Neruda de haber estado en nuestra época, donde la censura y el respeto están un poco corroídos por la sinceridad y la honestidad exacerbada, les habría escrito con spray en las murallas de sus casas una sola estrofa y palabra: “pendeja de mierda déjame en paz” en vez de dedicarles un libro con 20 poemas de amor y una canción desesperada.
A decir verdad, sólo recuerdo el cómo comenzó este desastre. La noche de ayer fue particularmente “especial” por así decirlo, comenzó como un inocente intento de enajenarme un poco de la rutina. Junto con Nicolás y Benjamín se suponía que eso debía ocurrir. Todo comenzó cuando veníamos los tres en el metro de vuelta de la universidad, y el Benja apenas se cerraron las puertas del vagón de la estación Universidad Católica lo propuso de inmediato -“Oye, vamos a hacer la previa con unas amigas, son como diez, y casi todas exquisitas”-. Típico del Benja, con él siempre partían así los panoramas, para él todas las fiestas estaban siempre repletas de mujeres hermosas, cada festejo era como un paraíso de ángeles escotados y con minifaldas, y efectivamente, con ese tipo de delirios siempre nos convencía, en ese entonces éramos dichosamente ingenuos.
Cuando estábamos llegando al frontis de la casa de Nicolás, apenas divisé su auto grité “¡Shot Gun!”, me aseguré de inmediato, o era yo el copiloto que ponía la música en el viaje a la casa de estas supuestas mujeres “maravillas”, o me suicidaba. El Benja muy buena persona será, pero no sabe ni un carajo de música, con suerte conoce el reggaetón, y Nico, además de que iba a manejar, sólo escucha electrónica todo el rato, en cambio yo soy un poco más transversal, no me duele pasar de The Beatles a David Guetta en una canción, o de Calle 13 a Cerati de vez en cuando.
Si yo estaba arriba de ese auto hacia un destino bastante incierto no era porque sí, alguien o algo - algunos lo llaman Dios- ya había lanzado los dados esa noche. Ya en camino, cuando íbamos a la altura de Avenida Vitacura, vi pasar caminando por la vereda del sentido contrario a la Antonia, lo cual no me pareció extraño, después de todo, ella vivía a unas pocas cuadras de ahí, y generalmente salía a caminar sola para pensar, o al menos eso decía ella. La Antonia tenía tez clara, un estilo más bien nórdico pero a una escala de un metro cincuenta y cinco, era como una europea pero de miniatura, como en formato portátil. La conocí en la universidad, teníamos un par de clases juntos, y por justicia divina me tocó aleatoriamente en un par de grupos de trabajo en la U. Debo decirlo, cuando la vi me fleché inmediatamente, se notaba que era un poco tímida, pero no por eso era menos hermosa. Al principio sólo le hablaba de cosas referentes a la universidad, y estoy seguro que casi siempre fui un imbécil y torpe con ella, pero con el tiempo fuimos profundizando cada vez más en esta amistad confusa que hoy existe entre los dos.
Debo ser sincero, son pocas las mujeres que cuando las miras por primera vez te impresionan a tal nivel que experimentas una reacción similar a la del miedo y asombro, ya sea por su particular belleza, o por cómo brilla su mirada, no sabría describir ni definir qué es aquello que tienen que influyen tanto en mí siendo aún desconocidas, pero la sensación sí puedo explicarla. Es como si una mano penetrara adentro de tu pecho y te arrebatara la gravedad, como un golpe en el estómago que te deja sin aire, quizás es algo bastante infantil y romántico, pero es similar a cuando eras más pequeño y comenzabas a destrozar el papel que envolvía un regalo, y no sabías qué diablos había adentro, pero en verdad durante esos segundos no importaba, sólo intentabas abrirlo lo más rápido posible con la excusa consciente de que querías averiguar qué había detrás de esos envoltorios desconcertantes. No obstante, al final, el contenido era irrelevante, lo más importante era la excitación de poder desnudar el misterio, y sin darte ni siquiera cuenta, el verdadero regalo en ese momento era la experiencia de la expectación sobre algo que desconocíamos pero que estaba en nuestras manos y que de uno u otro modo poseíamos.
Con la Antonia siempre ha sido algo parecido, sólo que hay que agregarle una dimensión erótica y menos ingenua, como también el constante soundtrack que suena en mi cabeza. Cuando mezclas todo; su piel, mi expectación, la música y a ella, entonces todos mis sentidos se concilian para fabricar una película de múltiples dimensiones que es casi tan real como un recuerdo.
Es por eso que al solo verla pasar esa noche, caminando en soledad por la calle, quedé mudo, atontado, y recordé porqué su mirada penetrante, fugaz y silenciosa fue un nocaut a mi mundo interno hace un par de años atrás. Ahí se estrenó el comienzo de esa noche y ahí comencé a escribirlo en este libro.

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